Lunes, 9:47 de la mañana. Mi teléfono suena. Andrés, un cliente al que mentorizo, suelta una ristra de quejas nada más descolgar:
—¡Alberto, no puedo más! Trabajo como un condenado, facturo como nunca, pero sigo igual que siempre. No hay manera de ahorrar, de pagarme algo decente… ni un mal capricho me puedo dar.
Lo dejo hablar. Es importante que suelte todo lo que lleva dentro. Y cuando acaba, le digo:
—Andrés, ¿quién es la persona más importante en tu negocio?
—Pues yo, claro.
—Entonces, ¿por qué te tratas como si fueras el último mono?
Se queda en silencio. Y en ese momento, sé que lo he pillado.
¿Te pasa lo mismo?
Si estás leyendo esto, probablemente te reconozcas en Andrés. Facturas. Mucho o poco, da igual. Pero al final del mes, tu cuenta corriente parece un meme del desierto.
Lo más frustrante es que no puedes señalar a nadie más como culpable. Ni a los clientes, ni al mercado, ni a la inflación. La culpa es tuya. Porque, como Andrés, estás usando una fórmula que ya nació rota:
Ingresos – Gastos = Ganancias.
Un sistema diseñado para que, después de pagar a todo el mundo —proveedores, impuestos, Netflix, hasta al vecino si hace falta— tú te quedes esperando a ver si sobra algo.
¿Sabes cómo se llama eso? Ser pringado. O, como me gusta decirlo a mí, ser el esclavo invisible de tu propio negocio.
La fórmula que lo cambia todo
A Andrés le dije lo que te diré ahora a ti:
—Vamos a cambiar las reglas. Esta es tu nueva fórmula:
Ingresos – Ganancias = Gastos.
Primero te pagas tú. Antes que al banco, a los proveedores y al que te cobra por el coworking con café malo. Da igual si empiezas con un 1% o un 5%. Lo importante es que ese dinero se queda contigo. Punto. Sin excusas, sin historias.
“Pero Alberto, no me alcanza ni para los gastos.”
Si estás pensando esto, tranquilo. Andrés también me lo dijo.
—Si aparto un 5%, ¿cómo voy a pagar todo lo demás?
—Eso ya no es tu problema, Andrés. Eso es problema de tu negocio.
Y aquí está la magia: cuando te obligas a apartar dinero para ti, empiezas a gastar con cabeza.
- Revisas tus gastos.
- Encuentras formas de optimizar.
- Y, sobre todo, aprendes a decir “no” a lo que no aporta valor.
¿Qué pasó con Andrés?
En menos de tres meses, pasó de ser el tipo que trabajaba para todo el mundo menos para él a convertirse en el líder de su negocio.
- Apartaba un 5% de cada venta para él mismo.
- Renegoció contratos con proveedores que estaban abusando de su confianza.
- Y dejó de gastar en cosas que no generaban beneficios reales.
Por primera vez, Andrés tenía dinero en su cuenta a final de mes. Y ¿sabes qué es lo mejor? No necesitó vender más. Solo necesitó gestionar mejor.
¿Por qué esto funciona?
Porque te pone en el asiento del conductor. Cuando te pagas primero, pasan tres cosas:
✅ Te respetas. Eres el líder, no el último mono.
✅ Decides con claridad. El dinero deja de escaparse en tonterías.
✅ Tu negocio trabaja para ti, no al revés.
Y, lo más importante, te das cuenta de que el problema nunca fue cuánto facturabas, sino cómo lo gestionabas.
La pregunta incómoda que deberías hacerte ahora mismo
Si todo esto te suena bien, pero sigues buscando excusas para no hacerlo, pregúntate esto:
¿Para quién estás trabajando? ¿Para ti o para pagar las facturas de los demás?
Porque si tu negocio no te paga lo que mereces, no tienes un negocio. Tienes una condena.
Haz esto HOY (no mañana, HOY):
- Decide un porcentaje. No tiene que ser enorme, pero tiene que existir. Un 1%, un 3%, lo que sea.
- Cada vez que entre dinero, aparta tu parte. No justifiques nada. Simplemente hazlo.
- Ajusta lo que queda para los gastos. Te prometo que encontrarás formas de hacerlo funcionar.
Un último consejo
Si quieres aprender cómo aplicar esta fórmula al detalle, te recomiendo que leas Profit First de Mike Michalowicz. Es el manual que me ayudó a enseñar a clientes como Andrés a dejar de ser esclavos financieros. Aquí tienes el enlace: https://amzn.to/498NzKC.
Tu negocio está aquí para pagarte a ti, no para hundirte en facturas y sudores. Así que sal ahí fuera, toma el control y haz que cada euro cuente.
Que tengas un día increíble y recuerda: ¡VAMOS A HACER BILLETES!