Reid Hoffman lo dijo mejor que nadie:
“Emprender es tirarte por un acantilado y construir el avión mientras caes.”
¿Sabes cuál es el problema? Que la mayoría de los empresarios están al borde del precipicio, mirando al vacío y soñando con volar… pero no saltan. Esperan. Planean. Dudan. Y mientras tanto, los que sí saltan ya están en el aire, con un avión que cruje, pero volando y ganando.
Esto no es una teoría. Lo veo cada día. Te voy a contar la historia de dos empresarios que mentoricé. Dos personas con ideas increíbles y la misma oportunidad frente a ellos. La única diferencia fue cómo entendieron la velocidad.
Dos empresarios, un precipicio, dos decisiones
David y Raúl estaban al borde del mismo precipicio. Tenían ideas increíbles, recursos y la ambición de comerse el mercado. Les dije lo mismo a ambos:
“La velocidad gana, no la perfección. Tira ya y construye en el aire.”
Lo que pasó después es un manual de lo que significa moverse rápido… o morir lento.
David: el rey de la parálisis
David era el empresario ideal en papel. Preciso, detallista, obsesionado con la perfección. Pero también era esclavo de su miedo a equivocarse.
—“Todavía no puedo lanzar, necesito ajustar el diseño.”
—“¿Qué pasa si el mercado no lo acepta? Mejor espero un poco más.”
—“Quiero que todo esté al 100% antes de moverme.”
¿El resultado?
David pasó meses perfeccionando algo que nunca vio la luz.
Su competencia, menos perfeccionista pero más rápida, lanzó antes que él.
Cuando finalmente estuvo “listo,” el mercado ya no lo esperaba.
David no era un mal empresario. No era tonto. Era lento. Y en los negocios, ser lento es peor que ser malo.
Raúl: el maniático de la acción
Raúl no tenía tiempo para dudas.
—“¿El producto no está perfecto? Da igual, lanzo y mejoro sobre la marcha.”
—“¿Hay riesgos? Claro, pero esperar es un riesgo aún mayor.”
—“Quiero ser el primero, no el último en la fila.”
Saltó al vacío sin pensarlo dos veces. Se lanzó con un producto mínimo, lleno de errores, pero con algo clave: velocidad.
¿El resultado?
Raúl cometió errores. Muchos. Pero cada error fue una lección que corrigió antes de que importara.
Llegó al mercado antes que nadie y captó a los primeros clientes.
Mientras David seguía ajustando, Raúl ya estaba facturando y dominando el nicho.
La gran mentira del «momento perfecto»
Si estás esperando a que todo esté listo para actuar, tengo noticias: el momento perfecto no existe.
El mercado no se detiene.
Mientras tú piensas si tu idea es buena, alguien más ya la está probando.
Mientras ajustas tu plan, alguien más ya está facturando.
Mientras dudas, tu competencia ya se está comiendo tu parte del pastel.
El tiempo no es tu aliado. Cada segundo que pierdes es una oportunidad menos para ganar. La lentitud no te protege; te destruye.
Cómo obsesionarte con la velocidad (y dejar de ser irrelevante)
Decide ya.
La indecisión mata más negocios que los errores. Decide con lo que tienes, ajusta en el camino y no mires atrás.
Lanza antes de estar listo.
Tu producto no necesita ser perfecto; necesita estar en el mercado. Corrige sobre la marcha, pero lanza ya.
Falla rápido, aprende más rápido.
No tengas miedo al error. El verdadero problema es no moverte mientras otros ya están aprendiendo.
Corta lo que no sirve.
Si algo no está funcionando, déjalo ir. La velocidad también es saber soltar lo que te frena.
El resultado de entender (o ignorar) la velocidad
Hoy, Raúl sigue mejorando su producto, ganando clientes y construyendo sobre la marcha. Su negocio no es perfecto, pero está vivo, creciendo y prosperando.
David, en cambio, sigue revisando sus planes, esperando el momento adecuado que nunca llega. Y cuando por fin decida moverse, ya no quedará mercado para él.
Un consejo brutal para empresarios que quieran ganar
La velocidad no es un capricho, es una necesidad. Deja de buscar la perfección, deja de esperar el momento ideal. Salta ya.
Construye en el aire, corrige en el aire, aprende en el aire. Porque si no saltas ahora, alguien más lo hará. Y cuando mires hacia arriba, verás a los Raúles del mundo volando mientras tú sigues soñando con despegar.
Vamos a movernos, a actuar con fuerza, a construir mientras caemos y, por supuesto, a hacer billetes.