Querido futuro emprendedor/a:
Hoy estudias para un examen. Te juegas una nota. Un número. Un dato que a nadie le importará dentro de unos años.
Mañana te enfrentarás a clientes que no corrigen en rojo, sino que te cierran la puerta en la cara. A inversores que no ponen “necesita mejorar”, sino que dicen “no nos interesa”. A bancos que no preguntan si hiciste bien los deberes, sino si tienes cómo pagar.
Hoy te quejas de que tu profesor es muy exigente. Mañana te quejarás de la competencia que no tiene piedad, de los clientes que exigen lo imposible, de los días en los que nadie compra y de las noches en las que no puedes dormir.
Hoy presentas trabajos con diapositivas y palabras bonitas. Mañana presentarás tu empresa, tu idea, tu sueño. Y no habrá notas, solo resultados: vendes o no vendes. Funcionas o te hundes.
Pero aquí va la diferencia entre los que aprueban un examen y los que aprueban en la vida: el examen de hoy se termina en unas horas. El de mañana nunca acaba.
Mucha gente cambiará en el camino. Renunciarán. Se rendirán. Buscarán la seguridad de un sueldo fijo porque el miedo pesa más que el sueño.
No seas de esos.
Si hoy eres capaz de pasar noches en vela por un examen, imagina lo que podrías hacer cuando esas noches sean por algo que realmente te apasiona.
No dejes que el sistema te haga pensar que la vida se mide en calificaciones. La vida se mide en impacto. En lo que creas. En lo que dejas. En lo que decides hacer cuando el miedo te susurra que mejor te quedes quieto.
El mundo necesita menos gente que saque un diez en un examen y más locos valientes que saquen un diez en la vida.
Que no te dé miedo saltar.
Que no te frene el fracaso.
Que no te mate la duda.
Con cariño, alguien que ya pasó lo que tu ahora estás pasando.