Bienvenidos a la temporada más intensa del año.
No, no hablo de la cuesta de enero.
Ni del gimnasio lleno de arrepentidos con propósitos de año nuevo.
Ni de la depresión post-vacacional.
Hablo del cierre fiscal.
Ese espectáculo anual en el que los empresarios y autónomos sudan más que un político en un debate en directo.
El reality show donde los números no cuadran, las facturas desaparecen misteriosamente y Hacienda siempre tiene el papel de villano final.
Si piensas que la vida empresarial es pura estrategia, crecimiento y motivación…
Es porque aún no has visto a un CEO buscando desesperado una factura de 10€ en su bandeja de entrada.
Enero: el mes donde la realidad te da un bofetón contable
Diciembre es alegría, luces y brindis.
Enero es Excel, café cargado y mensajes a tu gestor tipo:
«¿Y si en lugar de presentar el IVA me doy de baja y abro una panadería en Bali?»
Porque enero no arranca con buena energía, arranca con frases como:
«¿Por qué tengo menos dinero en la cuenta de lo que pensaba?»
«¿Dónde está la factura de aquel gasto deducible que juré que guardé?»
«¿Cómo que el IVA no cuadra? ¡Si yo lo hice todo bien!» (Spoiler: no lo hiciste).
Los 3 tipos de empresarios en cierre fiscal
El Iluminado:
Tiene todo en orden desde hace meses. Facturas bien archivadas, contabilidad clara, todo controlado.
Cierra el año sin estrés, sin llamadas urgentes y con un leve aire de superioridad.
El Sobreviviente:
No lo lleva al día, pero tampoco es un desastre total. Se pone a revisar todo en enero, sufre, pero sale con vida.
Promete organizarse mejor para el próximo año… (pero sabemos que no lo hará).
El Bombero del Caos:
No tiene ni idea de nada. Descubre facturas olvidadas en el coche, en su bandeja de entrada y hasta en el bolsillo de un abrigo.
Se pasa las primeras dos semanas de enero preguntando si hay “trucos legales” para pagar menos.
Acaba gritando frases como:
“¡Esto es un atraco!”
“¡Me voy a Andorra!”
“¡Hacienda somos todos… menos yo!”
Y en el fondo, todos hemos sido un poco de cada uno en algún momento.
Los gastos misteriosos y los malabares fiscales
Si hay algo que une a todos los empresarios en estas fechas, es el gran juego del «¿Esto es deducible?»
«Ese café con un amigo emprendedor cuenta como reunión de negocios, ¿no?»
«Esa cena de Navidad con mi pareja… bueno, hablamos un poco de trabajo, así que…»
«Compré un portátil… pero lo usa mi hijo. ¿Puedo meterlo en gastos igual?»
La respuesta de tu gestor siempre será la misma:
“Eso explícaselo tú a Hacienda. Yo me lavo las manos.”
Cómo cerrar tu año fiscal sin perder la dignidad (ni la cartera)
1. Deja de hacer magia y empieza a llevar control real
Nada de “ya lo revisaré en enero”. Quien cierra su año fiscal sin sufrimiento es porque lo organizó mes a mes.
2. Si no tienes un buen gestor, replantéate tus decisiones en la vida
Crees que un buen gestor es caro, espera a ver cuánto te cuesta un error fiscal.
3. No todo lo que compras es un gasto de empresa
Lamento decírtelo, pero Netflix no es deducible porque «haces investigación de mercado viendo documentales».
4. No improvises, haz un cierre planificado
El año no se acaba en diciembre, se acaba cuando terminas tu cierre fiscal.
5. Si tienes que pagar, que no te dé un infarto
Pagar impuestos significa que ganaste dinero.
Si no quieres pagar nada, lo único que tienes que hacer es no facturar nada. Pero, en ese caso, quizás deberías preocuparte por cosas más importantes que el cierre fiscal… como conseguir clientes.
El final del show: lo que nadie te dice
Todos sufrimos en enero, pero los que lo hacen bien, en febrero ya están planeando cómo facturar más.
Los demás, bueno… siguen llorando por la factura del trimestre mientras buscan cómo deducirse el café de media mañana.
Así que dime:
¿Eres de los que llegan a enero con todo en orden, o de los que ven el cierre fiscal como una película de terror?
Sea como sea, recuerda:
Si tienes control, enero es solo un trámite.
Si no lo tienes, enero es el precio que pagas por tu caos.
Y Hacienda… bueno, Hacienda nunca olvida.
Que tengas un feliz cierre fiscal… o al menos un café bien cargado para soportarlo.