Si alguna vez has comido sushi de verdad, del bueno, sabes que hay una diferencia abismal entre el pescado fresco y el que no lo es.

Los japoneses lo saben. Son obsesivos con la frescura. No quieren pescado que haya tocado el congelador, ni que haya pasado demasiado tiempo sin moverse.

Pero… ¿qué pasa cuando el pescado no está lo suficientemente fresco?

Se nota. Pierde vida. Pierde sabor. Se vuelve mediocre.

Exactamente lo mismo que le pasa a un negocio cuando deja de moverse.

Hoy te voy a contar una historia que suelo compartir cuando veo que los emprendedores que mentorizo empiezan a acomodarse demasiado en su propio «tanque»

Una historia sobre barcos, sushi y un tiburón que, aunque parecía un problema, en realidad era la mejor solución.

Si estás demasiado cómodo en tu negocio, necesitas saber y aplicar esto que te contaré a continuación.

El problema del pescado fresco en Japón

Los japoneses aman el pescado fresco. Y no hablo de “recién comprado en el supermercado”, sino de fresco de verdad.

El tipo de frescura que hace que el sushi sea un manjar y no un simple arroz con algo encima.

Pero un día, hubo un problema.

Las aguas cercanas a Japón comenzaron a quedarse sin peces.

Así que los pescadores hicieron lo lógico: empezaron a ir más lejos.

Más lejos = más peces. Problema resuelto.

O no.

Porque cuanto más lejos iban, más tiempo tardaban en regresar.

Y cuando llegaban a la costa, el pescado ya no estaba fresco.

Los japoneses, que no son tontos ni perdonan la mediocridad, detectaron la diferencia de inmediato.

Solución número uno: instalar congeladores en los barcos.

Ahora podían capturar los peces, congelarlos y traerlos en perfectas condiciones.

Bueno, casi.

Porque los restaurantes también notaron la diferencia entre el pescado congelado y el fresco.

Y no les gustó.

Solución número dos: instalar tanques de agua en los barcos para mantener los peces vivos hasta llegar a la costa.

Ahora sí, problema resuelto.

Bueno… no del todo.

Porque había otro detalle que nadie había previsto.

El tanque es una trampa mortal (para los peces y para los negocios)

Los peces llegaban vivos, sí, pero después de días encerrados en un tanque sin moverse, sin pelear por sobrevivir, sin hacer nada.

Se volvían perezosos, lentos… y su sabor cambiaba.

Los japoneses volvieron a notar la diferencia.

Porque el movimiento es vida.

Y cuando algo deja de moverse, pierde su esencia.

Así que, ¿cómo lo solucionaron los japoneses?

Con un tiburón.

El tiburón en el tanque: la solución que parece un problema

En lugar de conformarse con peces aburridos y sin sabor, tomaron una decisión radical:

Metieron un pequeño tiburón dentro del tanque.

Resultado:

Sí, el tiburón se comía algunos peces por el camino.

Pero los demás, los que lograban llegar a la costa, lo hacían más vivos que nunca.

¿Por qué?

Porque la amenaza del tiburón los mantenía en constante movimiento.

No podían dormirse, no podían relajarse, tenían que nadar todo el tiempo si querían sobrevivir.

Y eso hizo que se mantuvieran frescos, activos y con el sabor que los japoneses tanto valoraban.

¿Qué tiene que ver esto con los negocios?

Todo.

Porque los emprendedores funcionan igual que los peces.

Cuando empiezas, luchas por sobrevivir.
Tienes que moverte rápido.
Aprendes sobre la marcha.
Cada venta importa.
Cada cliente es una victoria.
Cada error es una batalla.

Pero luego llega el éxito.

Pagas tus deudas.
Tienes clientes recurrentes.
El negocio ya no depende solo de ti.

Y aquí es donde muchos emprendedores se convierten en esos peces que flotan sin ganas dentro del tanque.

No innovan.
No arriesgan.
No crecen.

Hasta que un día, alguien más viene y los devora.

Porque mientras tú te sentías seguro, otro que sí tenía un tiburón en su tanque se mantuvo en movimiento.

Necesitas un tiburón en tu tanque

Los mejores empresarios, los que realmente marcan la diferencia, siempre tienen un tiburón en su tanque.

Siempre tienen un desafío que los obliga a moverse.

No se conforman con lo que ya han logrado.

Si han llegado lejos, se ponen un objetivo aún más grande.
Si han conquistado un mercado, buscan expandirse a otro.
Si su negocio funciona bien, lo reinventan antes de que el mercado los obligue a hacerlo.

Un negocio sin retos se estanca.

Una empresa sin presión se vuelve predecible.

Un emprendedor sin desafíos pierde su ventaja competitiva.

Y lo peor de todo: empieza a quedarse atrás sin darse cuenta.

Pon un tiburón en tu vida

Si en este momento sientes que todo está “bajo control”, que tu negocio va bien pero sin grandes desafíos… cuidado.

Porque esa sensación de comodidad puede ser el principio del fin.

Elige un nuevo reto.

Ponte una meta que te asuste un poco.

Haz algo que te saque de la comodidad y te obligue a mejorar.

No esperes a que el mercado te ponga un tiburón.

Sé tú quien lo meta en el tanque.

Porque cuando te enfrentas a un desafío real, te das cuenta de cuánto más puedes lograr.

Y, sobre todo, te mantienes fresco.

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