¿Duro? Claro que sí. Pero es la verdad que nadie quiere decirte. Porque ser empresario no es solo montar una web, contratar un par de personas o presumir en LinkedIn de tus supuestos logros. Ser empresario significa tener los hvos de asumir cada cagada que ocurra bajo tu mando, incluso cuando te deje en ridículo.**

Y aquí es donde entra Zaleuco de Locri, un griego del siglo VII a.C. que, sin tecnología ni Excel, entendió algo que muchos empresarios de hoy todavía no pillan: las consecuencias no se esquivan, se asumen.

Cuando las cosas se torcieron en su “negocio” (bueno, su ciudad-estado), no buscó excusas, no culpó a otros ni cambió las reglas para salvar el pellejo. Hizo algo tan brutal, tan impensable, que si no lees hasta el final, estarás perdiendo una de las mayores lecciones sobre cómo dirigir tu empresa sin esconderte.

Porque ser empresario de verdad no es lucirse cuando las cosas van bien. Es poner la cara (y a veces el ojo) cuando todo sale mal.

La brutal lección de Zaleuco de Locri

Zaleuco era el tipo de persona que escribía las reglas y las seguía al pie de la letra. Fue el primero en redactar un código de leyes en la civilización griega. Un visionario, sí. Pero lo que realmente marcó la diferencia fue lo que ocurrió cuando esas leyes golpearon a su propia familia.

Su hijo fue acusado de adulterio y robo. Según las normas que él mismo había creado, la condena era clara: la pérdida de ambos ojos.

Ahora, ponte en su lugar. ¿Qué habrías hecho?

  • ¿Te habrías inventado una excusa para salvar a tu hijo?
  • ¿Habrías cambiado la regla en el último minuto?
  • ¿O habrías tenido lo que hace falta para cumplir con tus propias normas, aunque doliera?

Esto fue lo que hizo Zaleuco:
—“Perdonaré a mi hijo a medias. Que le saquen un ojo, y el otro me lo sacaré yo, porque siendo su padre, debí haberlo educado mejor.”

No lloró. No culpó a otros. No esquivó las consecuencias. Asumió todo.

Ahora, ponte tú como empresario: ¿qué haces cuando las cosas se tuercen?

Esto no va de leyes antiguas. Va de tu negocio, de tus decisiones y de cómo manejas las cagadas cuando ocurren (porque ocurrirán):

  • ¿Las ventas no llegan? ¿Le echas la culpa al mercado o revisas tu estrategia?
  • ¿Tu equipo no rinde? ¿Los señalas con el dedo o miras si tú no les estás liderando bien?
  • ¿Los clientes se quejan? ¿Inventas excusas o mejoras el producto y la experiencia?

Ser empresario no es fácil. Si lo fuera, todo el mundo lo sería. Pero la mayoría no tiene lo que hace falta.

Por qué los empresarios mediocres fracasan

Porque están más preocupados por proteger su ego que por hacer lo correcto:

  • Cambian las reglas cuando no les convienen.
  • Buscan excusas en lugar de soluciones.
  • Culpabilizan al equipo, al mercado o al universo entero, pero nunca se miran al espejo.

Pero aquí está la verdad: si eres el dueño de un negocio, todo lo que pasa bajo tu mando es tu responsabilidad. Sí, todo.

Zaleuco podría haber cambiado las leyes para proteger a su hijo. Pero no lo hizo porque entendía algo que separa a los empresarios que triunfan de los que desaparecen: si no cumples tus propias reglas, tu negocio no tiene futuro.


Cómo aplicar esta lección a tu empresa

  1. Deja de buscar culpables.
    Cada vez que algo falle, antes de señalar a otros, revisa tus decisiones. Pregúntate: ¿qué podría haber hecho diferente?
  2. Ten estándares claros y cúmplelos.
    Si prometes calidad, entrega calidad. Si dices que el cliente es tu prioridad, demuéstralo. Tus acciones siempre pesan más que tus palabras.
  3. Asume los fallos y actúa rápido.
    Admitir que algo no ha salido bien no te hace débil. Te hace inteligente. Y si además lo arreglas, te hace imprescindible.

Ser empresario no es para flojos

Dirigir un negocio no es solo colgar carteles de éxito y celebrar cuando las cosas van bien. Es estar ahí también cuando las cosas se desmoronan, cuando un proyecto fracasa o cuando un cliente te pone en evidencia.

Porque al final, un negocio no lo construyes con excusas, sino con decisiones valientes y la capacidad de asumir cada error.

Si eso te suena difícil, tal vez ser empresario no sea lo tuyo. Pero si estás dispuesto a ponerte el mono de trabajo, mirar a los errores de frente y asumir el peso de tus cagadas, entonces sí. Estás listo para construir algo que dure.

Vamos a dirigir, a aprender y, sobre todo, a hacer billetes (sin excusas).

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